Corría. Había ido, como otras veces, al Pau Gumbau, siempre me pierdo allí. Una vez aparecí en la misma ronda este sin saber yo como.
No sabia para que había ido. Ni siquiera que había hecho allí, pero ya volvía, y de pronto tenia que ir deprisa, y más deprisa hasta que estuve corriendo sin saber muy bien a donde. Podía haber ido hacia la izquierda o hacia la derecha, pero me equivoque yendo hacia la izquierda. De pronto un perro negro me sobresalto, un Doberman probablemente, no lo habia visto. Me di cuenta y di media vuelta, corriendo aun más deprisa.
Pensé que me había drogado, porque solo podía correr y correr, y las luces me deslumbraban y solo veía el contorno de las figuras de los que me cruzaba. Corriendo llegue hasta un sitio que reconocía pero que no había visto antes. A mi espalda alguien dijo: “Esta es la central hidráulica de Castellón, allí dentro en el mar, esta la otra parte de la instalación”. Pensé que debía ser una planta mareomotriz, sino no estaría en el mar. No habia ninguna central asi en Castellon.
Pero a mis espaldas algo ocurrió y de pronto todos corríamos.
Pasamos por la costa, pisando con precaución aunque siempre deprisa, unas apestosas vigas metálicas de color marrón que se hundían en el mar y que estaban llenas de mejillones, de cientos de miles de ellos. Y recuerdo que el agua era rojiza y que yo intentaba no respirar porque un amigo me dijo que en esos lugares solía hacer un olor terrible. No pude evitar respirar y tenia razón. A nuestra izquierda, ajenos a todo, un par (quizás 3 o 4 o 5 o más) de personas arreglaban algo eléctrico. Y también debía haber alguien soldando algo, porque saltaban chispas.
El caso es que seguíamos corriendo, éramos unos 8 o 9, no sabría decir cuantos eran hombres y cuantas eran mujeres, si eran o no los mismos que antes me había encontrado. Solo recordaba a 2 de ellos. Uno tenia el pelo negro, hecho todo con esas trencitas que las peluqueras dicen que hacen tanto daño al pelo, una especie de pelo mezcla de Bob Marley y Anderson Varejao. También era moreno, como si fuese extranjero pero de algún sitio no catalogable, llevaba una camiseta blanca semi raida unos vaqueros que casi no le alcanzaban y botas. Detrás siempre solía venir un hombre de mediana altura, blanco, de pelo negro, que me teletransportó a otro sitio.
De pronto estaba comprando. Había cogido todo lo necesario aunque había un producto que no acabe de reconocer, una especie de tomate para untar. En la caja esperábamos. Yo detrás de un hombre al que no le pasaba la tarjeta de crédito. El se lo había tomado bien y yo decidí hacer lo propio. Así los 3 mantuvimos una conversación alegre que fue derivando, porque la tarjeta no quería que la aceptasen y a los demás dejo de importarnos. Hablamos de las cosas que suele comprar la gente, de que el Lidl era sin duda el mas barato de los supermercados españoles (lo que enorgulleció a sus cajeras) pero que había una excepción: Una cadena de supermercados en granada. Para aquel entonces, el resto de cajeras se habían sumado a la conversación y también alguno de los compradores, como si todos fuésemos tertulianos de taberna casuales. Otra cajera contesto que, si había mejores precios en Andalucía, se debía a que esa comunidad era mucho mas proteccionista que el resto de España, que por eso había allí precios que aquí no teníamos. Así comenzó un foro debate sobre política y economía que debió extenderse y en el que yo me abstraía de la conversación para no ir a ninguna parte. En aquel tiempo (que no sé cuanto duro) solo sentí curiosidad por una cosa: Llevaba carro. Siempre había cogido cesta y de pronto eso. Pensé que lo dejaría en cualquier lado, que lo mismo me daban los 50 céntimos, y entonces ya estaba pasando mi turno. Por algún motivo extraño, la cajera no me dejo pasar por su lado hacia la puerta, y comprobé que las únicas salidas eran las propias cajas. Simplemente entre por otra. Una señora, del perfil típico de ama de casa prepotente entrada en años, me acuso de estar largándome sin pagar, a lo que conteste mostrándole el ticket, pero ella no se contento y siguió berreando para sí, entonces llame a la cajera que me había atendido y ella corroboro que me había cobrado. Me despedí con un afectuoso – “Señora, la próxima vez, tápese la boca”
Ya me dirigía hacia la puerta cuando a mis espaldas oí como un hombre le decía una mujer “Vera, no me gusta que me roben, yo trabajo aquí y soy el encargado de esto” y mientras lo decía blandía unos tickets de la compra mal hechos. La cajera se apresuraba a excusarse en que había sido un error y el hombre se retiro. Era él quien corría detrás de mí.
Seguíamos corriendo sin saber muy bien hacia donde, pero todos teníamos claro que debíamos correr. Me asuste cuando creí ver al perro negro que ya me había cruzado antes, de noche. Ya era de día. Entonces llegamos a otra central, la térmica. Esta si la conocía, pero solo de oídas, de un amigo que había trabajado allí. Entramos por la parte superior y dimos a una plataforma elevada dividida en pequeños trozos. Cada una de las partes estaba unida solo a una por un solo lugar, como si un macabro laberinto se tratase. Y aunque eran partes, eran bastante grandes, y no resultaba tan sencillo. La plataforma era de color negro, con los bordes de un amarillo fuerte. Negro y amarillo, como las señales del peligro. Entre cada parte de la plataforma se habría un abismo que podría tener 10 metros de altura y unos 3 de ancho, lo que nos disuadía de saltar. Por algún motivo, salía vapor de alguno de esos agujeros, pero no le di mas importancia. A izquierda y derecha seguían los operarios de la central, ajenos a nosotros, tecleando sus paneles y teclados o bien arreglando cosas en las paredes y el suelo, nos ignoraban como si fuésemos zombies.
Pense que se trataba de un juego de aventura grafica de los clásicos, como el FlashBack, el Doom o una versión futurista del “Day of the Tentacle”, pero seguiamos teniendo que correr y escapar y nadie nos hablaba.
Tras pasar las 4 primeras partes del laberinto, encontramos algo que nos fue de una gran ayuda, un brazo articulado móvil con una cesta a la que asirse. Así pudimos cruzar mas rápidamente. Entre dos o tres, cogíamos el brazo y corríamos hacia donde debíamos saltar aferrándonos a la cesta, entonces al llegar al final de nuestra parte, saltábamos y dejábamos que la inercia del brazo nos llevase.
Así llegamos al final. El final solo era una extraña cuerda que pendía del suelo al techo. Era mas parecida a una cadena por su forma, aunque no era metálica. También había una cadenita y en lo alto una sirena. Habíamos llegado los 3. Yo y los dos que antes describí. El chico moreno se aferró a la cuerda y se dejo caer. Mientras caía gritaba y al tocar el suelo tenia las manos comidas y bañadas en sangre. Yo me quite las botas y me las puse en las manos, y me estaba cogiendo cuando el otro compañero tiro de la cadena. Entonces la sirena empezó a sonar y por fin los operarios parecieron darse cuenta de los intrusos y me pareció que intentaban detenerlos. Al mismo tiempo, la cuerda a la que me había sujetado empezó a bajar ella sola.
Caí donde estaba mi compañero con las manos cubiertas de sangre y ahora sin conocimiento. Delante había una puerta, detrás agua y cables pegados a las paredes. El agua vibraba y parecía estar a punto de hervir. Abr la puerta. En ese momento, un tren paro delante. Abrí la puerta del vagón y entre. Estaba todo lleno, quedaban dos asientos libres, así que me deje caer. No me había dado cuenta de que estaba tan cansado. De fondo escuche como una chica le decía a otra “Tia, que nos hemos equivocado! Este es el ferrocarril de la ciudad, no el Metro!”.
Notaba como si me estuviese desconectando, y todo se volvía más oscuro, y los ruidos más flojos y una especie de golpe repetitivo y molesto. Volví a abrir los ojos. La chica que tenia enfrente me había estado pegando pataditas en la espinilla. “¿Que te parece? ¡¡Si todavía esta vivo!!” Rieron ella y la chica que le acompañaba, entonces llego una parada y se levantaron. “Oh, tienes sed?” Y mientras lo decía se disponía a beber. Pego un trago y me escupió el agua a la cara. “Seguro que ahora no tienes tanto calor”. Salieron.
Me di cuenta entonces de que no llevaba mis botas. Las había dejado al caer. Llevaba unos tristes calcetines blancos, y aun en mi estado pensé que debía de verse muy mal. Me dormí. De alguna forma que no recuerdo, de pronto me vi fuera del “ferrocarril de la ciudad”. Con Nacho. “¿Tu ya no trabajas en la central, verdad?” – “No, ya no.” Y entonces me apoye en él y bajamos por una calle que no reconocí. “No creerías nada de lo que ha pasado.” – “¿Que ha pasado?” –“ Nada”.