Son, sin duda mas de lo que parece. Un móvil son 10cm de largo por 5 de ancho, pero no solo eso. Es la condena implícita a estar siempre localizado, la imposibilidad de perderte y desaparecer para el mundo durante unas horas, o unos días, o semanas o meses. Es obligarte a compartir desde ese instante el espacio de tu bolsillo o bolso. También es en parte, la angustia de saber que pueden llamarte, la culpabilidad de no escuchar una llamada, la amargura de no recibirlas.
Es ser consciente de que, al apretar una tecla, el móvil se convierte en una prolongación de tu mano, y el impulso eléctrico salido de tu cerebro y extendido por tu brazo hasta tu mano y, en concreto, hasta tu dedo, se entremezcla con el circuito electrónico del aparato y de pronto un numero o letra aparece en la pantallita de cristal liquido.
Es, por otra parte, saber que al apretar esa tecla, realizas el viaje mundial realizado por el móvil, y así, por transferencia, tu mismo viajas desde Europa, sede de las compañías, hasta Japón, donde crearan el proyecto, es trasladarte después a India o China o Taiwán, donde realizaran su software y mas allá, hasta Vietnam, Laos o Camboya, donde montaran todos sus componentes para regresar de nuevo hasta tu casa en el milisegundo transcurrido entre apretar la tecla y aparecer el numero (o letra).
Es, junto con el ordenador, la causa más probable por la que la gente olvida la escritura clásica, aquella de pluma y portafolio, y lo reduce solo a tocar teclas una y otra vez. Es una hecatombe ortográfica, que supedita la corrección al espacio, la eficiencia al estilo, las prisas al buen gusto, otra marca mas de la estresante sociedad capitalista.
Es, por otra parte, una distinción de clases, no de las tradicionales, que divide al mundo en 3: Aquellos que necesitan llevar el ultimo modelo para sentirse realizados, Aquellos que se resignaron a tener uno, aun cuando lo maltratan o ignoran y, por ultimo, Aquellos pocos supervivientes del clasicismo que siguen negándose a tener uno.
Es, también, regalarte el temor a perderlo, la necesidad de tenerlo controlado en todo momento, de tocar una y otra vez tu bolsillo, de abrir continuamente tu bolso.
Es retirar tu reloj de sobremesa o despertador de la mesilla de noche, relegarlo al segundo plano de la estantería o al olvido, y sustituirlo por las alarmas de sonidos polifónicos de tu móvil.
Es reducir el mundo a un tamaño hiperpequeño, tanto como el de la palma de tu mano, y encontrar a quien sea, este donde sea, haciendo lo propio o lo ajeno, como si de un teletransporte temporal solo valido para la voz se tratara. Es el máximo exponente del mundo globalizado.
Resumiendo, un pequeño aparato, que aun estando nuestro bolso o bolsillo, consume la vida de sus poseedores, que da la vida a todos aquellos que reciben un sueldo por su fabricación, distribución o venta, que relega al olvido a todos los clásicos artilugios del hogar. Un pequeño aparato que ha cambiado lo bello por lo practico; Que ha sacrificado el romanticismo en nombre del progreso.