Remember only the verse..

jueves, 02 de marzo de 2006

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Apareció en la superficie después de uno de los continuos choques entre la placa tectónica australiana y la india. Aquella fue especialmente violenta. La corteza terrestre que había sobre ella se rompió. La tierra se abrió y una fuerza que no conocía la empujo hacia fuera mientras la lava volcánica ocupaba el lugar en que ella había estado

Llovía, llovía mucho, todo el cielo era oscuridad, truenos y relámpagos. Tenia miedo. Miedo a que sus partículas se separaran. A que un rayo la alcanzara y la desintegrara. A no ver el sol del que le habían hablado. Como pudo intento arrastrarse al refugio de una piedra. Temblaba de terror, hasta que quedo casi sin fuerzas y se durmió.

Aprendió que después de la tormenta llega la calma. El cielo estaba despejado, el sol brillaba, solo quedaban pequeños charcos de la tempestad de la noche anterior. Se asomo a uno que había a su lado y por fin pudo verse. Los rayos del sol se lo dijeron, el agua cristalina se lo dijo: Eres Ocre Rojo. Sonrió de satisfacción.

Las continuas lluvias de aquel Otoño consiguieron que nunca se secara. Por ello, su cuerpo se había vuelto una masa homogénea, con la plasticidad que le daba la arcilla y con el tono rojizo del hierro. Los días pasaban y ella era feliz.

Un día, unos niños de un poblado cercano la descubrieron. Iban saltando de charco en charco, tirandose bolitas de barro, corriendo y riendo por el valle, hasta que uno de ellos cayo. Cayo al suelo y, su mano, cayo sobre el ocre rojo.

Se levanto enfadado. Pego una patada a una piedra cercana y, por casualidad, fijo su vista en el suelo. Vio su mano. Había quedado marcada en el blando cuerpo de ocre que, poco a poco recuperaba su forma. Llamo inmediatamente a los demás y aquel se convirtió en su centro de juegos favorito.

Ella se asusto. A nadie le gusta que le caiga una mano encima así, de improviso. Pero a partir de aquel momento todo fue muy bien. Se divertía viendo a los niños jugar a su alrededor. Pasaban sus dedos sobre ella y admiraban como poco a poco las marcas desaparecían.

Le hacían cosquillas. Le gustaba que le hicieran cosquillas. Reía de alegría, Realmente se lo pasaba muy bien jugando con ellos. Le encantaba, por encima de cualquier otra cosa, cuando aquel primer niño que la descubrió hacia figuritas con ella y todos fijaban sus ojos en como volvía a su antigua posición.

Pero el otoño fue pasando. Cada vez llovía menos. Caía menos lluvia y caía cada cierto tiempo. Esto provoco que ella se fuera secando, poco a poco. Todo su cuerpo se empezaba a cuartear hasta que el agua la volvía a mojar.

Los niños no se dieron cuenta al principio. Seguían jugando igual, solo que ahora le costaba mas tiempo volver a su posición original. Un día no pudo volver. Estaban haciendo una figura con ella, como de costumbre, cuando una parte de su cuerpo se quebró y toco el suelo. Los niños no lo entendieron y siguieron probando, y ella se rompía una y otra vez. Hasta que todos decidieron irse.

Lloraba por dentro viendo las caras de decepción de sus niños. Lloraba entre las punzadas de dolor que le producían las rupturas de su cuerpo. Lloraba porque pensaba que era culpa suya, que esto no tenia que pasar, que era culpa suya, que algo había hecho mal. Al día siguiente no volvieron.

Al día siguiente no volvieron, ni al otro, ni al siguiente. Pasaron muchos días en los que ella se iba consumiendo de pena viendo como sus niños jugaban a lo lejos, como reían a lo lejos, como corrían a lo lejos, en vez de hacerlo con ella.

Un tardío día de invierno, cayo una pequeña tormenta sobre el valle. Por fin recupero la forma que a ella le gustaba. Pensó que entonces ellos volverían, ahora que era la misma que antes. Pero no lo hicieron.

Solo vino aquel chico rubio, aquel del gracioso flequillo, aquel que hacia figuras con su cuerpo: Aquel que marco sus dedos en su cuerpo por primera vez. La miro largo tiempo. Ella también lo miraba. Por fin se acerco, puso un dedo en su cuerpo y lo arrastro, después lo paso por su mejilla para decirle que siempre la llevaría con él.

Él estaba a punto de llorar. Se notaba en la tensión de sus puños, en sus ojos cada vez más acuosos, en que ya no la miraba. Sabia perfectamente cual seria el siguiente movimiento. Rompió a correr, alejándose de ella cada vez mas y quizás para siempre.

Ahora solo lloraba. Los días de primavera la iban secando poco a poco hasta que fue un trozo de piedra mas, indistinta al resto, a la que nadie prestaría atención. Seguía oyéndoles jugar a lo lejos, saltar, correr y reír a lo lejos, como una tortura lenta que no podía evitar.

Deseo no verlos nunca mas y, un Día, la misma madre tierra que la había expulsado la envolvió entre sus brazos y se la llevo hacia su interior, hacia el calor de su madre tierra, hacia el núcleo del que una vez todos salimos.

COMENTARIOS

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Por ruth @ 18:04


doncs bé...! M'ha encantat aquest tò agridulce. Quina pena, m'han entrat ganes de que plogui, per anar al camp a tocar els fangals.. xD